Mientras
el sol se pone y nos envuelve con su suave tono dorado, escucho la pregunta de
Mariana": Por qué no alcanzo el orgasmo?" Estoy en mi consultorio
coordinando un grupo. Los ojos de ocho mujeres se fijan en mí esperando
la respuesta. Hoy, luego de veinticinco años, sigo escuchando la misma
pregunta. Aunque en estos años la mujer ha recorrido un camino de
emancipación fenomenal, su sexualidad todavía está sembrada
de incertidumbre e insatisfacción. Esas mujeres llegan al grupo buscando
la solución a su insatisfacción, desahuciadas por otros tratamientos,
enviadas por sus maridos, por sus novios, para "solucionar su problema sexual".
Cuando desnudan su verdad descubren que a todas les pasa lo mismo. En ese instante
se dan cuenta que su sexualidad, que consideraban "anormal", es sólo
diferente.
Sí. La sexualidad femenina
es diferente de la masculina. No es mejor, no es peor; es diferente. Nos placen
estímulos distintos. Tenemos otros tiempos. Y a nuestras zonas sensibles
no las despiertan los mismos contactos. En tanto unas y otros no aceptemos estas
particularidades el encuentro sexual seguir produciendo malestares.
Que
la sexualidad femenina es diferente a la masculina parece una verdad de perogrullo.
)Por qué no lo habremos pensado antes? )Por qué nos cuesta tanto
aceptarlo? Porque durante demasiado tiempo la sexualidad femenina estuvo tapada.
Tan tapada que se negaba su existencia. Cuando estudié medicina el genital
femenino era solo y exclusivamente un órgano reproductor. El clítoris,
su órgano más sensible, ni siquiera se mencionaba. La buena señorita,
la digna señora, la madre de familia, no debían excitarse y menos
disfrutar del orgasmo. Hasta hace muy poco la única sexualidad admitida
era la masculina. El "modelo" del encuentro amoroso estaba diseñado
de acuerdo al deseo y a la satisfacción del varón.
Cuantas
de aquellas prohibiciones e ignorancias persisten aún en nuestra intimidad
aunque no las aceptemos. Tal vez ni siquiera nos demos cuenta de su existencia.
Pero esas prohibiciones se ponen de manifiesto en el encuentro amoroso: en el
freno de nuestro genuino y especial deseo de mujer. Estamos más pendientes
de satisfacer a nuestro compañero que a nosotras mismas.
Mariana
nos cuenta que nunca ha logrado el orgasmo por medio de la penetración.
Aunque sí lo consigue con las caricias de Joaquín o con la masturbación:
métodos "incorrectos"--los define-- para obtener su satisfacción.
Libre en los juegos previos, en la penetración está tan pendiente
de él que se olvida de sí misma. "Los juegos son míos,
la penetración de él" insiste. Mariana es de la nueva generación
pero a la hora de gozar "con él dentro" los remanidos prejuicios
no la abandonan. Sincerarse en el grupo allanó el camino para que ella
pudiera mostrarle a él toda su capacidad erótica. La información
y el saber que lo que ella sentía era normal, le permitieron legalizar
su sexualidad. Finalmente logró el orgasmo en la penetración.
Existen
infinidad de casos como el de Mariana; aunque no se los conozca. Más del
60 % de las mujeres no alcanza el orgasmo durante la penetración. Masters
y Johnson, los famosos científicos que investigaron la respuesta genital
femenina, fueron contundentes: no existen mujeres frígidas. Todas las mujeres
pueden sentir placer, gozar de su sexualidad y alcanzar el orgasmo.
También
evidenciaron una realidad ya conocida por muchas mujeres: resulta más fácil
llegar al orgasmo por medio de la masturbación. O con las caricias del
compañero sabiamente detenidas en su vulva.
Ninguna mujer debería
privarse de vivir plenamente su sexualidad. Para que esto sea posible es fundamental
en primer lugar sincerarse con una misma y descubrir qué necesita su cuerpo
para lograr el placer. Algunas mujeres desconocen su cuerpo y buscan, infructuosamente,
un "buen amante" que les despierte la sensibilidad que ellas desconocen.
Otras reniegan de las sensaciones que descubrieron en aquellos juegos "prohibidos.
Transmitirle
abiertamente a tu compañero cómo goza tu cuerpo es el segundo paso.
Ella desea la penetración sí, pero sólo después de
sentirse bien excitada.
A él le resulta difícil preguntar
qué le gusta y a ella le cuesta confesarlo. ¿Cómo conocer
la sexualidad del otro? ¿Cómo complacerla?
Le cuesta admitir
que, cuando él se duerme a su lado, ella corre al baño para encontrar
la satisfacción anhelada.
Los varones cargan con un prejuicio cultural
muy pesado: el que pretende que para ser "suficientemente machos" deben
arrancarle por lo menos un orgasmo a sus compañeras. Las mujeres con el
mito que afirma que si se "entregan" lograrán el goce.
Ni
lo uno ni lo otro. Si el varón está seguro de sí mismo sabrá
escuchar a su compañera para conocer cómo es ella, qué caricias
le gustan y qué desea. Si ella sabe que la mujer activa, que es capaz de
mostrar qué desea y cómo lo desea, es la que alcanza con más
frecuencia el placer dejará de castigarse por no "entregarse".
Cuántas mujeres me consultan asustadas de tener que blanquear con el marido,
luego de tantos años de fingimientos, que en realidad nunca llegaron al
orgasmo.
Los varones entran en pánico cuando, al acariciar la vulva
--luego de leer en el magazine femenino acerca de esa especial sensibilidad--
ella los rechaza. Desconocen que a ella le gustan las caricias en todo el cuerpo,
y las palabras, y los besos. Los estímulos en sus pechos y en su vulva
sólo cuando ya está suficientemente excitada.
Y ella ¿se
preocupa por la sexualidad de su compañero? También él es
víctima del modelo masculino. Cuando descubre que toda su piel es un extenso
órgano erótico, que puede abandonarse al placer, erectarse y ablandarse.
Y volver a excitarse. Cuando descubre que la penetración es un momento
más --tanto más magnífico sin esa premura, sin tamaña
coerción--del encuentro amoroso.
Cuando ella y él toman en
cuenta la especial sexualidad femenina, cuando disfrutan de la erección
sin exigencias, cuando le dedican un tiempo al hallazgo, surge el placer. Entonces,
y aunque sea por un instante, el amor hace acto de presencia.